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Ficha del documento

Autor: Ricard Vinyes

Publicación: El País

Fecha del documento: 10/10/2007

Idioma: Español

Tema: Memoria, historia y políticas públicas

Año: 2007

Período: 1990-

Ubicación: Web

Tipo de documento: Artículos

En las afueras de las grandes alamedas de Chile

Artículo escrito por el historiador español Ricard Vinyes que repasa lo ocurrido durante los gobiernos de la Concertación en el tema memoria y Derechos Humanos, desde el punto de vista ciudadano y gubernamental.

La imágen de las "anchas alamedas" por donde debía pasar el hombre libre "más temprano que tarde", ha resultado ser la metáfora más bella y popular del último discurso que pronunció Salvador Allende, a los chilenos y al mundo, poco antes de quitarse la vida cercado en La Moneda bajo el fuego de un Ejército jaleado por la trama civil del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, concebido con dineros que cruzaron tierras y océanos uniendo el Vaticano de Pablo VI con la Casa Blanca de Nixon, la Democracia Cristiana de Giulio Andreotti con la de Patricio Aylwin y con tantos grupos y fundaciones alertados por el desafío democrático chileno, según cuentan los 16.000 documentos desclasificados en noviembre de 2000 por Bill Clinton, apenas sesenta días antes de finalizar su mandato en 2001.

Santiago es una ciudad recoleta, y por ello descubrible, repleta de apariencias. Posee la "Plaza Internacional de la Libertad de Prensa" en el hermoso barrio de Concha y Toro, y al mismo tiempo sufre la peor prensa del Cono Sur. Posee una alameda ancha y linda de bellos árboles contaminados hasta los nervios que viven, florecen y dan sombra como fruto amable de verano. Posee septiembres suaves con fechas duras. En su día once la Asamblea de Derechos Humanos convoca, año tras año, la marcha que asciende de La Moneda al Cementerio General para recordar muertos, desaparecidos, torturados..., un recorrido tradicional que lleva la política al lugar de entierro. En una ocasión, en 2005, distintos grupos complementaron la romería tradicional con una marcha en sentido inverso, es decir, prolongaba la anterior en un trayecto que transcurría del cementerio a La Moneda, de la muerte a la política, a la vida civil porque, según argumentaron los convocantes, en el día once no se trataba de enaltecer la dignidad de una derrota, ni llorar un sufrimiento tan sólo, sino otorgar un futuro al pasado. Lo llamaron marchaRearme, y sus animadores reprodujeron una gigantografia del Memorial al Detenido Desaparecido, la fragmentaron en sesenta y cuatro piezas y repartieron las porciones entre quienes quisieron llevar los paneles hacia la ciudad. En aquel septiembre de 2005 un bosque de nombres muertos y fechas tristes fue alzado en el Cementerio General de Santiago. Cruzó la salida del recinto y descendió a la ciudad con dirección a La Moneda como si se tratara del bosque de Birnam enarbolado por los hombres de Siward, avanzando hacia el castillo de Macbeth. Quizá el lector recuerde que fue entonces cuando el monarca de Escocia pronunció, aterrado, la frase que resume los miedos del poder: "Todos a las armas". La fuerza pública irrumpió y desbarató, lanzó agua para lavar la calle de recuerdos nombres y fechas, golpeó y detuvo.

En septiembre, los días once y sus alrededores son cada vez más duros y sombríos en Santiago. En este año el dictador no estaba. Tan sólo lo que de él queda, sus restos y su legado, ni poco ni mucho, lo justo y suficiente para que resonara de nuevo la invocación a las armas. La plaza de la Constitución, frente al Palacio de la Moneda con su esquina reservada a la estatua de Allende, fue cerrada por la autoridad impidiendo que las entidades convocadas siguieran la ruta de siempre hacia el Cementerio, con sus banderas, retratos y paneles. Intentaron entrar. Comenzó una carga sin límite. Los documentos gráficos conservan imágenes de agua, de humo y de fuego, de agentes escudados como guerreros medievales, de calles agotadas por la fuerza pública y vacías de autoridad política, avenidas del Cementerio General vulneradas por autos blindados y gente abatida frente a la tumba de Víctor Jara. Todo eso sucedió el nueve, el diez, el once de septiembre en el día y en la noche, dejando más de ciento ochenta detenidos y varias denuncias por abusos sexuales de la policía en las Comisarías. El gobierno se hallaba depositando flores. Las dejó en la emblemática entrada de Morandé 80 -un símbolo de la República- y en el estrecho rellano del piso segundo de La Moneda, dónde Allende perdió la vida.

Santiago y su país están repletos de apariencias. Posee una política pública de reparación y memoria instruida por el primer gobierno de Concertación, que tomó la demanda social iniciada ya bajo la dictadura, en las afueras de las anchas alamedas. Comenzó Patricio Aylwn en 1990 encomendando a Raúl Rettig coordinar la Comisión que dio la primera noticia oficial del terror ejecutado por el Estado. A la vista del terrible relato de la Comisión, un Aylwin sollozante, arrepentido por su placed a la acción militar, y elegantemente horrorizado por lo que había contribuido a desatar, pidió un perdón simbólico e inútil a la nación. Pero actuó. Se abrieron fosas, -en Pisagua, en el Patio 29, en Paine...- comenzaron juicios y se promulgaron las primeras leyes de reparación social. Al mismo tiempo desaparecía el rastro empírico de los hechos, los centros de detención y tortura eran derribados o transformados, lugares emblemáticos de Unidad Popular ignorados y el patrimonio democrático del país comenzaba a ser borrado. Asumió la presidencia Eduardo Frei Ruiz-Tagle, ¿Qué decir de su reinado? ¿Qué decir de nadie? A Frei le amargaron el final de la presidencia con la detención del dictador en el Reino Unido.

Lagos comenzó con el nuevo siglo, y entrado su tercer año pronunció uno de los más bellos discursos que sobre la responsabilidad y la memoria pueden leerse hoy, No hay mañana sin ayer. Un programa que no cumplió. Pero Constituyó la Comisión presidida por Monseñor Sergio Walech. Tras su informe se hizo el silencio en la acción administrativa, como si el buen trabajo de la Comisión fuese una treta para establecer un punto final moral. Es cierto que el acuerdo firmado entre el Ministerio del interior y numerosas agrupaciones de familiares para levantar memoriales, esculturas y símbolos contribuyó a dignificar el duelo, pero creó una memoria de piedra, una memoria intransitiva al fin y al cabo. Por supuesto, el patrimonio siguió desapareciendo, derribado o camuflado.

Con Michelle Bachelet el ánimo resurgió, por sus palabras y sus gestos. Ha ordenado la creación del Museo de la Memoria en Matucana, frente al maravilloso parque de Quinta Normal, un lugar emergente de la ciudad. Al tiempo que eso acontece, el antiguo centro de detención conocido como Londres 38, vindicado por el colectivo del mismo nombre y autor de un excelente proyecto de recuperación y uso urbano de aquel lugar de memoria, el único que conozco que puede quebrar la memoria intransitiva de la monumentalización memorial chilena, del encierro permanente en el mundo estricto de los afectados, ha sido destinado recientemente a sede administrativa del futuro Instituto de Derechos Humanos (IDH), provocando un llamado internacional para evitar el memoricidio.

Mientras eso sucede, un jurado resuelve sobre el proyecto arquitectónico del Museo de la Memoria, los sujetos del futuro Museo son allanados por una fuerza pública que parece disponer de impunidad, el Ejército recuerda a puerta cerrada sus héroes de hace 34 años y todo parece indicar que las vindicaciones memoriales regresan a las afueras de las anchas alamedas.